
“Nunca antes había visto tan de cerca a una mujer; toda su belleza me rodeaba, su brazo rozaba el mío, los pliegues de su vestido caían sobre mis piernas, el calor de su cadera me abrasaba; sentía a través del contacto las ondulaciones de su cuerpo, podía observar la redondez de sus hombros y las venas azuladas de sus sienes. Añadió:
–¿Qué tal?
–Pues bien –proseguí con tono alegre, intentando ahuyentar aquella fascinanción que me aturdía.
Pero me detuve ahí; estaba entragado por completo a recorrerla con la mirada. Sin decir nada, me rodeó con su brazo y me atrajo hacia ella con un abrazo silencioso. Entonces yo la ceñí con ambos brazos y probé con mi boca su hombro; en él bebí deleitado mi primer beso de amor, en él paladeé el interminable deseo de mi juventud y la concupiscencia rescatada de todos mis sueños; después eché hacia atrás el cuello para poder contemplar mejor su rostro. Sus ojos brillaban, me inflamaban, su mirada me envolvía más que sus brazos. Yo estaba perdido en sus pupilas, nuestros dedos se entrelazaron; los suyos eran largos, delicados, recorrían mis manos con movimientos vivos y sutiles. Habría podido aplastarlos sin esfuerzo; los estreché a propósito para sentirlos con mayor intensidad.
Ya no recuerdo lo que ella me dijo, ni lo que respondí. Permanecí sentado durante mucho tiempo, perdido, suspendido, mecido por los latidos de mi corazón. Cada minuto acrecentaba mi embriaguez, cada segundo hacía que una nueva emoción me invadiera el alma; todo mi cuerpo se estremecía de impaciencia, de deseo, de felicidad. Sin embargo, permanecía grave, menos alegre que sombrío, serio, como absorvido por algo divino y supremo. Con la mano, ella estrechaba mi cabeza contra su corazón, pero suavemente, como si temiera aplastarla.”
Es un extracto de Noviembre de Gustave Flaubert, que edita Impedimenta en castellano (tuvo una edición anterior en El Aleph). Se trata de la primera novela de Flaubert. La escribió con apenas veinte años y, como apunta en el prólogo Lluís Mª Todó, él mismo la consideró su última obra de juventud, una especie de “ratatouille sentimental y amorosa” que nunca osó publicar. La indiscrección del mundo editorial no supo respetar la voluntad del escritor, y Noviembre fue editada por primera vez en 1910, muchos años después de la muerte de Flaubert.
Es una novela arrebatada, contemplativa pero llena de observaciones brillantes y siempre envolventes, propias de la prosa del que ya era, a sus veinte, un gran estilista.
[Arriba, El beso de Auguste Rodin]